Viene del norte el proverbio: “El fondo del corazón está más lejos que el fin del mundo”. No fuera cierto este refrán si no contáramos con una cualidad artificiosa que permite al emisor lanzar un mensaje -ya sea mediante letras o acciones- algo más que alentador para su destinatario, promulgando de dicho modo una serie de irritaciones y alergias non gratas.
Esta es idéntica al cúmulo de desorientaciones contagiadas por un panorama aparentemente árido, devastado y desesperanzado, que otras labores, quizá más naturales entre seres semejantemente racionales, pudieron haber desembocado en esta trifulca grotesca y agotadora, que con el fin de un egoísmo benevolente -y, no queramos engañarnos más de lo que acostumbramos, pues en estas situaciones es bien conocido el individualismo que tratamos-, más pasivo en cuanto a momentos de tensión se refiere; no deja tras de si más que un halo de ambiciones frustradas, que hilarantemente, vuelven a provocar ese condenado ardor.
Pero sin más dilación, llamaremos a ese hilarante calor bajo la piel: ''amor''. Y nos gusta experimentarlo.
Esta es idéntica al cúmulo de desorientaciones contagiadas por un panorama aparentemente árido, devastado y desesperanzado, que otras labores, quizá más naturales entre seres semejantemente racionales, pudieron haber desembocado en esta trifulca grotesca y agotadora, que con el fin de un egoísmo benevolente -y, no queramos engañarnos más de lo que acostumbramos, pues en estas situaciones es bien conocido el individualismo que tratamos-, más pasivo en cuanto a momentos de tensión se refiere; no deja tras de si más que un halo de ambiciones frustradas, que hilarantemente, vuelven a provocar ese condenado ardor.
Pero sin más dilación, llamaremos a ese hilarante calor bajo la piel: ''amor''. Y nos gusta experimentarlo.
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